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Temple abatido [Pasado-Priv]

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Temple abatido [Pasado-Priv]

Mensaje por Zander Kuran el Sáb Mayo 07, 2016 6:19 am

En las vastas y remotas extensiones de arena que espacian el recorrido de los expedicionarios a la audiencia de los astros y la soledad circundante, Zander se vio renovando el andar anexado a las filas de aquél ejército. Su compañía se desplazaba en el camino predispuesto por la vanguardia, y según lo que podía advertir del derrotero que trazaban, ya no optarían por bordear las faldas de las montañas ni incurrir en otras prestaciones para apelmazar el sigilo. Habiendo vadeado aquella avanzada, o al menos vadeado en el sentido más confiable que pudiera evitarles por negligencia una decepción, ya no era necesario encubrir las huellas porque para cuando el enemigo se alertase de su presencia en la lejanía hostil de unos cientos de metros, ya el ejército habría quebrado el cerco del feudo y sitiado los muros y la red de caminos que podrían inspirarle a las tropas enemigas una furtiva salida. Zander rápidamente fue asediado por ese respingo de moral que con una instrumentada maquinaria de sentimientos diversos le hacían pensar en la gente inocente que podría verse afectada por el encontronazo bélico. Él mismo venía de una familia que fue menoscabada por la disputa entre feudos, aunque entonces fuese la insuficiencia de su padre como material ninja lo que achispara una llama de odio en su interior. Era como si su alcurnia no era suficientemente buena, como si perteneciese a la liquidación de una mercadería estéril sin más uso que servir de abono para la tierra. De pronto la memoria se le comprimió al escuchar las órdenes que le consignaban a él y otra unidad a con la siguiente parte del libreto. Respiró el aire frío de la noche y se caló la capa que le habían conferido.

Raspaban los pies la arena de aquél desierto espectral de forma continua, trazando líneas, algunos con inequívocas rastras de agotamiento y otros con el vigor de un elixir que infectaba el alma de viva impasciencia. Eventualmente al avance no solo comenzaron a dejar huellas inciertas en el paraje, sino que también dejaban en torno a su andar los cuerpos ingratos a la vista, enemigos vacíos de baldes de sangre desalojada sobre la misma arena donde se fundía buscando la raíz de alguna planta que nutrir con su cruento influjo. El pelirojo tenía las manos enfundadas en sus cuchillos y avanzaba por la dirección que le habían orientado. A un lado su sombra y al otro el advenedizo mercenario que llegara en último momento a auxiliarlos con las dificultades de la avanzada. Al parecer compartian las órdenes del capsulado. Mientras la geografía de aquél retazo de mapa era acechada por los soldados que proyectaban la honrosa bandera de Suna en cada avance adornado por las ceñidas armas que por ese mismo estandarte blandían, noticias comenzaron a filtrarse sin oponer resistencia en las esperanzas fallidas de siquiera poder evitarlo. La columna que acercaba distancias y dejaba enemigos en tierra pronto llegó cobijada por la noche abriendo camino a la pronta recompensa.


La mirada del albino se substrajo del alrededor y se concentró en el frente, en la vía que habían abierto las otras fuerzas y que ellos por consiguiente debían aprovechar. Cada uno de esos hombres tenía una tarea específica en aquél pleito buscado: Neutralizar todos los enemigos hasta el castillo donde se eliminaría el yugo usurpador que allí se apersonaba como feudal. Familiar o no, la sangre se habría truncado con el emplazamiento sorpresivo de las tropas de la aldea enemiga y por cuanta cólera, ideales u orgullo que apremiara su avance, el ejército invasor avanzaba en medio del estrépito de vocinglerías y cuchillos redactando notas músicas desde el diapasón del metal. Zander se desplazó entre los cruces de algunas viviendas y se vio obligado junto a su esencia a ir rodeando las calles de casas encaladas, donde la población se hacía densa y precisar el enemigo entre tanta racha de material humano era una minuciosa y ahincada tarea. El Ichinose, siguiendo la norma tácita que imperaba en el común de las guerras, y tal vez algo de su moral como persona, limitó sus blancos de muerte sobre las personas que irguieran un arma o se vieran con intenciones perniciosas. Algunos ninjas eran más despiadados, puesto a que incendiaban las casas sin miramientos, solo con la sospecha de que algunos soldados puedan estar econdiéndose dentro. Tal vez era una estrategia efectiva cuando se toma en cuenta la logística, pero ningún empleo podría retribuir a una consciencia afligida por la incubación del arrepentimiento postrero.

Así, entre llamaradas y una pirámide de cuerpos desparramados por las calles, Zander continuó avanzando la vía sombría que se henchía del olor abyecto de la sangre. Podía precisar algunos soldados de su bando por las capas, pero en gran mayoría era el personal. Transcurren los minutos y la tediosa rutina de clavar el cuchillo corrompiendo la limpidez de su filo cromado con la sangre bienamada de los cuerpos fue provocándole ciertos pensamientos obtusos y contrariados sentimientos. Gritos de moribundos poblaban la atmósfera, y Zander, que con su pelaje bermejo se hacía de constantes presas a las órdenes de su instinto, avanzaban junto a otros tratando de hacer el alma de su consigna. La sangre le zumbaba en los oidos, pronto la multitud  a la sazón instruida habría avanzado hasta el nido donde aguardaba el feudal y su último cordón de defensa. Ya los otros estarían disgregados por el feudo, muertos, encarcelados, o habrían huido con la prudencia que les evitara la detención por sus tropas y las del enemigo. Zander se detuvo de momento y rastreó con su mirada la cumbre de un edificio y su pináculo en la distancia. Las estrellas ardían en las venas del cielo y la luna pintaba todo de plata. De pronto tuvo que moverse para esquivar a un grupo de aldeanos que huían despavoridos. No había necesidad de hacer nada respecto a ellos, todos había muerto en su propia sangre, menos Zander... ese obtuso incogruente destino efectuo la licencia existencial de este. Despavorido con jadeos intensos cayó sobre el pavimento, cuyo cuerpo espetó el agradable sonido de la victoria, pero... se había perdido más, que ganado...

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