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[ Entrenamiento ] - Everything

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[ Entrenamiento ] - Everything

Mensaje por Alert "Zero" el Dom Mayo 15, 2016 1:07 pm

Entrenamiento
El suave restallido del metal despertó la batalla tras los oscuros callejones.  Las delgadas hojas estallan sin benevolencia por las silenciosas calles de kirigakure, rasgan telas y carne, entre movimientos rápidos y cortos. El cruce de espadas se difumina a la luz de una lámpara y el fragor de cada choque. Caen como lluvia, destellos azarosos que silban a través del aire, desesperados por alcanzar su objetivo. Una silenciosa batalla pronunciada en la sombra, erigida por la sorpresa y la debilidad.

La energía espiritual fluye a través de sus hojas e impacta con la furia de viejos dioses. Ambos cuerpos salen expelidos, pero sus posiciones se mantienen firmes. Al polvo se agita a sus pies, formando pequeñas nubes que se funden a la luz. — Insuficiente. — Clama el primer sujeto, un hombre de cabello entrecano y mirada anciana. Sostiene su arma con familiaridad, como una extensión más, apuntando siempre al corazón de su adversario. — Indignante. Asaltado por un asesino. — Su anciana vista se mantiene fija en un punto inexacto de las tinieblas. Una silueta se contrasta contra la niebla. Su respuesta se resume al fino acero que sostiene. En un instante, un breve fulgor, ambos vuelven a chocar. Las figuras saltan y revotan azarosas entre el filo de sus armas y la vida que las sostiene. La fuerza de otro envite lanza al sujeto misterioso por las alturas, alcanzando a impactar con la pared de la callejuela. El chakra se transfiere a sus pies, adhiriéndose a la superficie vertical. El espadachín entrecano profiere un pequeño gruñido y lanza una fila de agujas metálicas contra él, pero sólo chocan con la superficie rocosa de la pared. El misterioso se ha vuelto a mover, saltando hasta los tejados, donde el terreno le puede ser más favorable.

El espadachín anciano salta y revota por las paredes de la callejuela, expandiendo su energía espiritual para tomar el impulso necesario y alcanzar la cima. Cuando cae sobre las tejas, rueda para suavizar la caída. En un simple instante, está de pie y con el arma en alto. Lanza un rápido vistazo a su alrededor, pero no encuentra rastro de su fantasmal adversario. — ¿Y ahora te escondes? — Bufa el entrecano al aire, pero el silencio es su única respuesta. Se mantiene inmóvil durante minutos enteros. Nada más que el viento silba a su alrededor, inquieto. La niebla danza a su alrededor como una tenebrosa amiga. Y entonces, el breve siseo del metal contra las tejas. El tañido suave ve unos pasos... justo detrás de él. El anciano salta a destiempo. La hoja se encuentra con su espalda, sin embargo, no nota nada. Se da la vuelta tomando el impulso de sus caderas y hombros, para descargar todo el peso de su katana sobre el adversario fantasmal. Entonces lo ve por primera vez.

Demasiado joven para tener experiencia en la batalla. Demasiado bello para ser un guerrero. Y sin embargo, con una simple mano, sostiene la katana de mayor longitud que ha visto nunca. Es posible que midiera más que su propio dueño. Con esa simple mano y delgado acero, detuvo su golpe y lo rechazó con la ligereza de una pluma.

El espadachín anciano cae. Su preciada arma revota cerca, con el sonido característico del metal. Con dificultad se levanta, recogiendo el arma débilmente con la punta de los dedos. — Tú... un niño... — Aprieta los dientes con ira. Es entonces cuando el delgado corte de su espalda se abre. Casi grita, sorprendido. Apenas había notado el corte, pensó que era más leve, superficial. Se equivocaba. — ¡¿VENCIDO POR UN NIÑO?! — Grita con indignación, y levanta su espada como puede. Le tiemblan las muñecas. Su piel palidece. En ese estado, sin cuidados inmediatos, no sobreviviría. Encontró a su enemigo relajado, sosteniendo la empuñadura de su katana en una posición baja. La hoja brilla bajo el resguardo de la niebla, como el instrumento de la parca. Por primera vez, el guerrero fantasmal habla. — No, maestro Toshizo. — Su voz es sólida y atractiva, como una mentira bonita. — No por un niño. Por Zero. — La hoja salta frente a la vista del anciano. En un parpadeo, vuelve a estar en su lugar.

— Zero... — Exhala Toshizo Tokugawa, comprendiendo por primera vez la identidad de su atacante. Luchó para esforzar una pregunta. — Por qué tu... — Su cabeza se desliza a un lado, sin resistencia. El cuerpo del maestro se desploma a un lado, sin vida para sostenerlo. Zero no hace nada para conservar su honor. Simplemente, mira los restos de un hombre respetable con la misma gracia que se observa una flor. — ¿Por qué te he matado? — Completa el espadachín fantasma, arrastrando su vista por los largos edificios que se funden bajo la niebla. — Jamás reconoceré la paz entre nosotros. — Pero no hay ningún ser vivo para escucharlo. Sólo un cadáver sin cabeza. Es entonces cuando alguien surge a su espalda, a pocos metros, como producto de la técnica del cuerpo parpadeantes. Antes de decir nada, el sujeto se arrodilla respetuosamente. — Mi señor, el emisario del clan Tokugawa ha llegado a la aldea. Desde hace unas horas, se hospeda la posada Ryokan, cerca de aquí. — Zero permanece de espaldas, sin decir nada. El esbirro alza levemente la vista, y entonces encuentra el cuerpo del maestro Toshizo. El emisario. — ¿Lo has visto? — El mensajero tiembla y se levanta precipitadamente. Balbucea algo y se da la vuelta para irse. Corre hasta el borde del tejado y salta con todas sus fuerzas, deseando que Zero simplemente se olvidara de él.

Una mano se aferra a su tobillo y lo retiene, como una ancla. El mensajero mira por instinto atrás, encontrando con horror a su señor Zero. El guerrero fantasma tira del desgraciado contra el tejado nuevamente. Éste rueda, dolorido. Las tejas rotas cortan su piel. — Una lástima. — Zero se acerca paso a paso. El emisario se arrastra, tratando de alejarse. En su intento desesperado, no hace más que dañarse las manos.

El espadachín se sitúa sobre su mensajero. — Por favor. — No escucha las súplicas. Levanta su katana, destacando el filo sobre la penumbra. — ¡Zero! — El arma cae sin causar el menor ruido. Lo remata sin placer ni dolor. Un corte limpio, una muerte rápida. Como debe hacerse.

Agita su espada, salpicando el suelo con sangre. Un rápido sello manual envuelve el cuerpo y lo hace desaparecer dentro de un pergamino. El flujo de chakra transforma la carne en símbolos y se graban como tinta sobre el papel. Una vez terminado, Zero guarda el pequeño pergamino bajo sus prendas, fuera de la vista. Sin pruebas para delatarlo, sólo quedaría el asesinato de Toshizo Tokugawa como un hecho que inspiraría la guerra entre sus dos clanes. Jamás cedería ante la pretensión de poder de los grandes. Siquiera por una idea tan voluble como la paz.

Con premura, ejecuta un sello y desaparece del escenario. A velocidades azarosas, se mueve por los estrechos edificios, en destino a su hogar, donde cambiar sus prendas y limpiar adecuadamente su espada. Cualquier pista delatora deberá ser ocultada. Sin demasiada tardanza, llega a su alféizar y abre la ventana, pasando los dedos por una rendija oculta. Salta al interior, un pequeño piso sin decorado. Tan sólo los muebles fundamentales. Su dedo emite una pequeña chispa para prender las velas.

Se mueve con desenvoltura por el piso, recogiendo prendas, trapos y una piedra para afilar. Lo primero que hace, es cambiarse, desechando sus viejas prendas, más adecuadas para el asesinato y el disimulo que para el engaño y la intrínseca. Procura lavar las ropas en la bañera, buscando eliminar pequeños rastros de sangre, tal y como haría una lavandera en el río. Después, tiñe un trapo limpio con alcohol, cruza los pies en el centro del piso y posa la katana usada sobre su regazo. La sangre seca siempre es una molestia. El espadachín repasa la hoja con el tramo, buscando eliminar cualquier desperfecto. Después de procurar que su superficie quede impoluta, Zero le pasa una piedra de afilar.

Una espada roma no es mejor que un cuchillo. Cuidar tu arma, en todos los sentidos, forma parte del camino del guerrero. Demuestra vocación, honorabilidad, orgullo. Características poco comunes en los tiempos que corren. Sólo cuando su arma era tan fina como el viento, Zero decidió que era suficiente. Se levantó, dispuesto a cumplir con su plan. A estas alturas, es muy posible que sus seguidores hallan descubierto la muerte del emisario. Es momento de aprovechar la confusión e instaurar ideas muy distintas al perdón.  

---

Todos los sabios del clan se encuentran reunidos en la sede, una edificación que se eleva elegante sobre las brumas de la aldea. Un palacio de piedra gris y madera oscura. Algunos integrantes del clan se percataron de la longeva ausencia del emisario, y decidieron marchar en su búsqueda. Pocos minutos después, habían encontrado el cuerpo, y con ello, el final de las negociaciones con la familia Tokugawa. — ¡Esto es conspiración! — Grita el tercer anciano, golpeando la mesa con las palmas de sus manos. Era un hombre relativamente bajo, de complexión robusta. Las primeras arrugas y canas asoman por su faz, ahora torcida por la ira. — El emisario, muerto durante su hospedaje. ¡Indignante! — Escupe a un lado. — ¿Quién es el responsable? ¿Tú, Hijikata? Sé de buena tinta que odias a los Tokugawa, pero esto roza la idiotez. — El quinto anciano, Hijikata Yaramasu, se levanta indignado. Habla casi a gritos, con la ira contenida en cada sílaba. — ¿Me acusas de traicionar al consejo, niño de teta?  — Hijikata es grande como un oso. La mayor parte de su anciano rostro queda oculto bajo una densa barba negra, pero sus ojos refulgen como las llamas. — Si bien recuerdo, no sería la primera vez que manchas el honor del clan.  — La sutil sugerencia de Hijikata hizo despertar nuevas olas de sospecha entre el consejo. Unos se miraban a otros con recelo. Y entonces las puertas se abren, y el auténtico culpable entra.

— Arrodillaos frente a vuestro señor.  — Grita uno de los miembros principales del clan. Todos y cada uno de los ancianos se arrodillan frente a Zero, con el respeto que hace merecer, a pesar de su juventud. — Rei...  — Susurran todos al unísono. Zero levanta su mano, formando una seña, y todos se levantan. — Estoy al tanto de la noticia. — Prorrumpe con calma. Todos respiran con alivios. Nadie deseaba darle las malas noticias.

Zero se pasea por la sala, en torno al altar donde se erigen estatuas de color azabache. Cuervos. — ¿Quién era el emisario? — Pregunta con naturalidad. El segundo anciano, Hijikata, se apresura a responder. — El maestro Toshizo Tokugawa. Un samurai de la rama principal. — Zero arruga levemente la nariz. — Los Tokugawa son comerciantes. Enviarnos un militar para negociar es una estupidez. — Los ancianos se toman unos segundos para responder con cautela. — Pero formaba parte de la rama principal. Quizás confiaran en su posición. — El espadachín fantasmal fingió que la idea no lo convencía del todo. Arrastró su mirada ambárea por los ancianos, que temblaron uno a uno. — ¿Sin escoltas siquiera? —

— ¿Qué insinúa, mi señor? — Se atreve a preguntar el séptimo anciano, en algún lugar del fondo de la sala. Zero casi sonríe. — Es extraño. Nos envían a un miembro prescindible de la familia principal. Un militar seguramente ya viejo, inservible, sin escolta alguna. ¿Quizás sólo para demostrar que confían en nosotros? — La pregunta la entona fingiendo ingenuidad. — No me parece convincente. — La idea va arraigando en la mente de los presentes. Una sugerencia que se convierte, a cada segundo, en una nueva certeza. — Así pues, caballeros, preguntaros. ¿Quienes lo han matado?. — El caballero extiende sus brazos, acaparando la estancia entera. — ¿Nosotros...? — Su voz se oscurece, prometiendo sangre, venganza a cuantos le escuchen. — ¿... o ellos? —

— Todos los presentes respetan la voz del consejo.  — Habla en voz alta Hijikata, driguiéndose al resto de ancianos. Todos escuchan en profundo silencio. — Antes de desconfiar de nosotros, quizás debamos sospechar del enemigo.  — Los sabios del clan suspiran, cansados. Todo el asunto supone una cierta tensión, la promesa de una guerra entre linajes, sea cual sea su resultado. — De acuerdo. De aquí a tres días, se mantendrá en secreto la muerte del emisario Tokugawa, hasta que tomemos una decisión. — El anciano principal hace un gesto para disolver la reunión. — Por hoy, la reunión se da por finalizada. — En alborotada formación, todos se separan de sus asientos. Algunos se marchan tratando de guardar una aparente calma frente a sus subordinados. Otros en cambio, se reúnen en pequeños grupos para discutir o hablar del asunto.  

El espadachín fantasmal hace una seña para que los guardias abran las puertas del consejo. Estos se posicionan a los lados y empujan con firmeza, arrastrando con pesadez el portón. Es entonces, mientras Zero cruza, que un subordinado del clan salta para apuñalarlo. La mayor parte de los presentes ven cómo la daga atraviesa su pecho, y una expresión de consternación nace en la faz de Zero, que toca su herida, como algo insustancial. — ¡Alguien...! — Los sonidos de fondo y alarma se funden. El cuerpo de Zero permanece de pié unos momentos, antes de disgregarse frente a los ojos sorprendidos del consejo, en cientos de cuervos. Una réplica.

El auténtico Zero manó entre las sombras, como agua en abril. Frente a la sorpresa de todos los presentes, es él mismo quien salta sobre el asesino y lo retiene contra una pared, aplastando su rostro. — Tú... ¿Quién te envía? — El asesino gime de dolor. — Por favor, señor... — Zero le retuerce con mayor fuerza. El hombre grita. — Quién. — Repite sin paciencia. El hombre parece temblar. — Yo no sé. — Un poco más. — Sólo me pagó por adelantado. Llevaba máscara. De verdad, no lo sé. — El asesino comienza a sollozar. — ¿Cuánto te pagó? — El hombre se esfuerza por recordar. — No me daba dinero, pero me dio pepitas. Y algunas prendas del extranjero, muy buenas. — Zero entrecierra los ojos. — ¿Acento? — Una pregunta fácil. Se apresura a responder, deseoso del perdón. — Sin duda, su acento no era de aquí. Pero no sé de dónde. — El caballero suspira y lanza al hombre contra el suelo, liberándolo del agarre. Este, sin atreverse a levantar, mira a Zero con complicidad simulada. El propio caballero guiña un ojo, consciente de que aquel no era más que un actor contratado. Los guardias se estacionan a su lado para detenerlo. — ¿Me perdona, gran señor? Prometo pagar con mi honor. — Según el guión prometido, Zero le perdonaría la vida, y en otro momento, procuraría que recibiera una cuantiosa suma. Ése era el trato original. — Por supuesto, joven asesino. — Le sonríe con encanto y se arrodilla frente a él, casi ofreciéndole la mano. Es entonces cuando lo apuñala con un kunay en el costado. — Pagarás el precio justo. — Una nueva puñalada en el pecho, y otra en el cuello. El hombre se retuerce en el suelo mientras la vida escapa por sus heridas, mancillando el suelo de la sede.

Zero se levanta, manchado de sangre, al horror de todos los presentes. — Han escuchado. — Su rostro casi sonríe, macabro como sólo un hombre o un demonio puede ser. — Los Takegawa son grandes propietarios en país del Hierro. Comercian con metales preciosos. Minas enteras a su disposición. — Suspira. — Investiguen los bienes de este asesino. Comprueben si esas prendas son propias de la moda en el País del Hierro. — Se aparta del cadáver, fingiendo un leve cansancio. — Me retiro, y espero que, para el atardecer, el consejo tenga un veredicto. —

Líneas: 160.



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Re: [ Entrenamiento ] - Everything

Mensaje por Alert "Zero" el Mar Mayo 17, 2016 2:51 pm

Entrenamiento
Teñía sus palabras con el ademán indeciso de un viejo encerrado en un cuerpo de niño, se embaucaba a sí mismo y anunciaba su jactación para juguetear con las palabras, contenía impulsos y sonrisas de su expectante público; maldecía...y despotricaba sobre sus enemigos. Era así de simple la existencia tras los muros que se resguardaba a los ciudadanos de peligros inciertos, de peligros no controlados por sus actos y palabras, ambientes no deseados que se fundían con el sol y pasaban a ser inmanencia artificial. Pero todo ello había quedado atrás, los sonidos naturales estaban rotos, los artificiales, derrocados , tan solo el miedo y el caos sobrevivía en aquel ambiente enrarecido de escombros y sonrisas rotas. Sonrisas rotas...que buena palabra para definir lo que se postraba ante los ojos del joven sin nombre. Antiguas edificaciones que habían sobrevivido al tiempo y sus ciudadanos, y ahora las observaba, rotas, deshechas por la mirada atenta de los dioses. Dioses que parecían niños pequeños luchando un juguete deshecho.

Un sonido rompió con el resto, más allá del viento y la furia los elementos. Allí mismo, frente la inmensidad de las llamas, un hombre se alza entre los escombros. Zero, odiado y temido. Herido y tambaleante, se levanta sobre los restos de madera carbonizada. — Tú nos has traído esto. — Clama una voz entre las ruinas. Zero da un paso y se tambalea, arrastrando su espada. — Deseabas el conflicto. Mentiste para conseguirlo. Y aquí está el precio. — La voz ríe, dolorida. La ceniza forma pequeñas nubes a su alrededor. Remolinos confusos entre las llamas. — Dime, ¿mereció la pena?. — El guerrero aprieta la mandíbula. Manchas de sangre y hollín impregnan su rostro. Una marca furiosa sobre la piel. — ¡¿Mereció la pena?! — El suelo explota, los escombros vuelan. Otro hombre se alza entre las llamas, marcado por la ira, el dolor, la pérdida. Sus manos furiosas señalan a Zero.  

Todo se convierte en caos. Las astillas saltan al fuego. Pequeñas esferas de fuego se abalanzan al aire, hambrientas. Dispuestas a devorar carne y borrar huesos. — Es momento de hacer justicia. — Declara el hombre, apretando los dientes. Zero salta entre las esferas, cruzando su espada para cortarlas a la mitad sin resistencia alguna. Una danza desesperada entre el fulgor incandescente de las llamas. — ¿Esa es tu justicia? — Masculla sin fuerzas. Su voz se hace ronca. Se deja temblar por el viento. — Entonces, muéstramela. — Zero extrae de sus bolsillos un pequeño paño de tela. Blanco impoluto. Al desenvolverlo, descubre en su interior una píldora de soldado. Una esfera lisa de color oscuro. De pronto, su oponente está al lado. Con el puño cerrado, trata de golpear al espadachín.

Zero casi no reacciona a tiempo. Levanta un brazo, y aunque retiene el golpe, un pulse de chakra cruza su cuerpo y lo lanza al suelo. El caballero rueda con la elegancia que le resta. Sólo por instinto, su mano se mantiene cerrada sobre la píldora, para evitar que resbale. — Eras nuestro orgullo. — Lo escucha sin decir nada. Dificultosamente, logra levantarse, tomándose la pildora de un sólo trago. Su efecto no es inmediato, quizás tarde un minuto o dos. Tendría que sobrevivir por ese tiempo a su enemigo. El más importante miembro entre los sabios del clan, Yoshimitsu. Un hombre en torno a los cuarenta años, aún pletórico. Batallará hasta que sus músculos se desgarren. Hasta que su sangre arda. Hasta la muerte.

El espadachín batalla contra el dolor. Por segunda vez, consigue levantar su espada. Su cuerpo se tensa por el esfuerzo. La ceniza lo hace toser, le arrebata oxígeno. Pero la lucha continúa, y ésta vez, él ataca. Forma un rápido símbolo con las manos, y la tierra responde a sus pies. La roca se condensa y forma cuatro largas estacas, que se cruzan para atravesar el cuerpo de Yoshimitsu. Pero el hombre se mueve con la experiencia de los años. Responde con la suficiente rapidez para que ninguna de las estacas alcance su cuerpo, aunque una se engancha a sus prendas, tirando de él. Yoshimitsu responde con ira. Sobre su mano se afila chakra, formando una cuchilla eléctrica que corta en dos el cuerpo rocoso de la estaca. Después, toma un extremo con sus brazos y lo lanza con brutalidad a Zero, como respuesta seca a su ataque. Su respuesta es clara. El guerrero exhausto salta con sus fuerzas restantes, posando la planta de su pie sobre el cuerpo de la estaca. Con un nuevo impulso, vuelve a saltar cayendo sobre Yoshibitsu con katana en mano. — Te vimos crecer. Ignoramos tus oscuridades. Pero ya no... — Yoshibitsu levanta un pie y golpea el suelo. Una pared rocosa se levanta abruptamente, golpeando Zero. El herido gime sin aliento mientras la pared se levanta. Nota la aspereza de la piedra contra su piel. Los cortes que causa. — ¿Lo entiendes? — Zero se cae del muro, sin fuerzas para aguantar su propio. Las nubes de ceniza bailan alrededor, como fieles testigos de la verdad.

La píldora comienza a surtir sus efectos. La primera corriente de chakra cruza el cuerpo de Zero, revitalizadora, como un soplo de aire fresco. Tomando esta nueva corriente, ejecuta un sello y se desprende de un cuervo, que extiende sus alas y abre un fastuoso pico. De las entrañal del ave se emita una intensa nube de humo, negra como la tinta, que ocupará todo el radio a su alrededor. Oculto bajo la vista, Zero se funde con la tierra. Desciende por varios metros y forma varios clones con escaso nivel de chakra. El escuadrón, se aleja y sale de la superficie a fin de distraer al sabio. — Te oigo. — Yoshibitsu genera una corriente de viento con un simple gesto de mano. La onda cortante aparte una parte del humo y alcanza a dos clones. El primero pierde su brazo y se deshace en una pequeña nube, mientras el segundo se desploma sin cabeza. Sólo el tercero de ese escuadrón logra escapar, rodando a un lado. Las corrientes cortantes pasan por encima de él, a escasos centímetros. Mientras, el verdadero espadachín viaja bajo tierra, hasta la posición de su adversario. Las ligeras ondas mecánicas causadas por cada movimiento en la superficie lo sirven de guía.

Yoshibitsu altera el aire entre sus dedos y lanza una nueva onda, cortando en pequeños pedazos al último clon. Los restos se esparcen por el suelo y se disipan, sin una sola gota de sangre. Después, lanza una rápida mirada alrededor, sospechando. ¿Dónde se encontraría Zero? La respuesta la encontró en una hoja plateada cruzando el suelo a sus pies, como si fuera insustancial. Yoshibitsu salta en el último momento, pero le parece ver cómo la hoja cruza su rodilla. Cuando aterriza, inicialmente parece no tener daños, pero en pero la flexión de sus músculos abre un corte casi invisible en la pierna, salpicando sus prendas. Grita y trata de tapar la sangre de su rodilla con las propias manos. Es poco ortodoxo. Zero emerge bajo tierra con el arma apuntando al suelo. Mira al anciano con la misma emoción que se observa un cuadro. Sin pasión. Sin pena. — Iluso. — Un brillo emana entre los dedos de Yoshibitsu. La herida se cierra bajo su toque, frente a los propios ojos de cero, que entrecierra los ojos con cierto desagrado. — Maestro médico, quizás algún día llegue a llorar por tu muerte. — Zero extiende sus brazos, notando cómo la pildora repone una parte de sus fuerzas. Sus músculos agarrotados se relajan. El cansancio ya no le pesa tanto. — Pero no será hoy. — Cientos de cuervos parten de su cuervo, abalanzándose al aire como una danza confusa de criaturas. Zero mantiene la vista fija en Yoshibitsu mientras las aves toman el cielo con sus ennegrecidas alas, dispuestas a la batalla.

Yoshibitsu camina tambaleante entre los escombros. El viento agita su túnica, manchada por hollín, sangre y sudor. Sus gestos son viejos, pero su voz resuma un odio mucho más joven. — Es momento de que seas destituido, Zero. — Un tembloroso sello de manos y las fuerzas de la naturaleza responden en su lugar. El trueno se cruza con la tierra, formando llamas tan pálidas como la brisa. Frunce el seño, ejerciendo control sobre aquella corriente irregular de chakra. — Técnica oculta: Hakuen. — Las llamas se balancean como pequeños fuegos fatuos por todo el escenario, destacando sobre las ascuas. Yoshimitsu forma un sello con una sola mano mientras señala a Zero. — Atacad. — La única orden que masculla. La única se siguen. Todas las llamas atacan al espadachín fantasma, dispuestas a consumir su carne, hasta los mismos huesos. Zero salta, rueda, las corta y evita, pero sus esfuerzos son vanos cuando existen tantos. La primera impacta contra su espalda, dejando un pequeño rastro de llamas que se ahoga entre el la agresividad de sus movimientos. El segundo, en cambio, toca su hombre. El siguiente, la pierna. Punto a punto, Zero va recibiendo quemaduras, sintiendo el castigo sobre su cuerpo, cómo se prolonga cada segunda durante de la batalla. Casi grita, pero su orgullo lo retiene. Sólo eso.

Se libre de la fatalidad por poco. Sus cuerpos se abalanzan sobre esas pequeñas esferas furiosas, des-haciéndolas entre sus fuertes garras. Tantos cuervos responden como una auténtica bandada. Una vez el peligro candescente es deshecho, se tuercen hacia Yoshimitsu, que comienza a levantar sus primeras técnias defensivas. — No esperen. — Clama Zero a sus fieles aves, que responden con un corto graznido. En grupo, se mueven como una auténtica sombra. Una mano oscura que cierne su palma sobre los desgraciados. Cruzaron y destruyeron muros de piedra, que Yoshimitsu formó en su desesperación. Evadieron ataques y se protegieron de tantos más. Y cuando uno de esos cuervos logró acercarse la distancia necesaria, liberó todo su chakra, generando como resultado una explosión poderosa que se lleva en última circunstancia, la vida del propio cuervo. Yoshimitsu cayó herido, quemado, pero no resultaba un daño letal. Aún podría sanarse. El espadachín procuraría que eso no pasara, alcanzando de un gran salto la misma situación.

— Dioses, ¿Qué he creado?. — Se aqueja el maestro sanador, con el peso de las garras sobre su piel. La sangre al descubierto. Su propia vulnerabilidad y ante todo, el miedo. Lucha por librarse de los cuervos, pero son demasiados. Una orden tenebrosa sale de los labios de Zero. — Cómanselo. — Los cuervos revuelan alrededor del cuerpo con mayor energía. Hunden sus picos en la carne y despedazan la piel usando garras. Yoshimitsu grita. Solloza mientras lo comen vivo. Sus gritos se convierten con el tiempo en gemidos desesperados, y después... el silencio. Pero ya no queda nadie para observar su muerte. Zero se ha ido.

Líneas: 110.



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