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Constructor de ataúdes. -Entrenamiento-

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Constructor de ataúdes. -Entrenamiento-

Mensaje por Orochi el Dom Jun 19, 2016 4:20 am

Cuando deseamos, algo ocurre dentro de nosotros, aún sin saber exactamente lo que es, lo sentimos cual sienten las energías aquellos de las artes sensoriales. Como esa sensación, un deseo hierve dentro de mi ser como lava dentro de un volcán y es que, últimamente había tenido sueños donde ella aparece abrazándome con lágrimas de sangre en los ojos. Entonces sucede que todo se vuelve negro, luego blanco y... un rayo nos atraviesa el pecho; y caigo mientras ella permanece en el aire, observando cómo una sonrisa llena de satisfacción y locura se dibuja en sus finos labios. No es que me atormente del todo el haber matado a mi primer amor de infancia, sino que me intrigaba últimamente el pensar en una nueva forma de volverla a la vida. A lo mejor y en el fondo me estoy volviendo blando, o quizás tan solo deseo con más ansias descubrir nuevas formas de burlar a la muerte, cambiar el destino del mundo y... bueno, acabar con el sufrimiento de todos. Por suerte, mientras leo atento polvorientos papiros de mis antepasados, aguardo bajo la luz de la antorcha a quien había tomado como mi mano derecha: el Yamanaka conocido como Escorpión. A mi alrededor, en varios extremos del sellado despacho, dos bases de bambú con forma de media luna sostenían los palillos de los inciensos que encendidos daban al lugar un agradable aroma a canela. El silencio domina mi espacio cuando de pronto el sonido rebota en la sala y una voz se escucha rasposa tras las sombras de una columna de piedra. -Mi señor, tras una larga búsqueda le hemos encontrado.- sentenció firme el enmascarado, manteniendo una distancia de cinco metros hacia mi posición. Mi vista, puesta en los extraños símbolos de aquellos papiros antiguos cambió de repente hacia la procedencia de la voz, aquella era la noticia que había estado esperando desde hacía semanas. -¿Se ha dado cuenta de vosotros?- cuestionaría al líder del escuadrón de las sombras, tomando los papiros y documentos con lentitud para guardarlos en una caja de madera con el símbolo de la nube tallado. -No mi señor. Su nombre es Hanzo, lo curioso es que está en la aldea y tiene por costumbre visitar las Cavernas, además de que trabaja como carpintero en la capital, haciendo ataúdes... una sonrisa se dibujaría en mi semblante, las palabras del anbu solo daban credibilidad a lo que contaban las chismosas lenguas de la capital: Había un ninja retirado que según contaban, controlaba a los muertos para hacer de las suyas. -¡Hm! Conque ataúdes...- susurré, aspirando con fuerzas el aroma del incienso, sintiendo cómo circulaba por mis pulmones y, tras exhalar, despidiendo con el aire liberado toda tensión que pudiese haber en mis músculos. Lentamente me colocaría sobre mis pies para caminar por el lugar hacia la salida del despacho, pasando por el lado del anbu. -Lo has hecho bien... como siempre.- diría al anbu mientras me detenía un segundo para luego proseguir, pronto amanecería y una larga misión me aguardaba.
Media hora había pasado en mi trayectoria, en la cual había realizado una técnica conocida incluso por el mas torpe de los estudiantes, pero útil si se sabía utilizar: El henge no jutsu, con la cual me transformaría en un chico de unos quince años de edad. La vestimenta era un tanto haraposa, de cabellos negros y con la piel bronceada, de cejas anchas y ojos negros. Estando ya en la capital del país del rayo, ubicaría la tienda de ataúdes de aquel anciano, caminando hacia la puerta con pasos decididos hacia la aventura. Esperaría sentado en la entrada al tiempo que llamaba silbando un pequeño cachorro desnutrido para jugar con el y pasar por cualquier niño común, de esos que se ganan la vida en la calle como pueden. Media hora más había transcurrido y, siendo ya las siete de la mañana aproximadamente, un anciano se acercaba hacia mi posición, no me quedaban dudas de que se trataba de la persona que buscaba. -¿Y tú, buscas algo?- cuestionaría con una mirada oscura y párpados ensombrecidos debido a la falta de sueño. -Quiero trabajar aquí. Deseo aprender a construir ataúdes señor.- respondí mientras acariciaba aquel pulgoso y asqueroso perro, soltándolo para colocarme sobre mis pies. Aquel hombre canoso realizó un rápido mapeo a mi cuerpo, como si buscara ciertas aptitudes en el chico que sus ojos veían. -Hmm, ya veo...-  haría una pausa luego de haberme estudiado para ladear la mano, pidiéndome que me moviese de su frente para poder caminar y abrir la puerta. Su silencio fue sepulcral como su propia apariencia. Tras abrir la puerta, me invitaría a pasar para luego cerrarla con llaves, hecho que me llamó la atención. En el interior, podría observar evidentemente algunas herramientas de carpintería, martillos, serruchos y maderas preparadas así como viejas latas de pintura vacías en el suelo. En el fondo, los ataúdes evocaban en mi corazón cierto gozo inexplicable, como si la muerte me llamase a trabajar con ella en persona... -¿No crees que es hora de que te quites la máscara? ¿Has venido a capturarme en persona por mis actos... Raikege?- diría a mi espalda aquel anciano mientras la energía fluía por mi cuerpo para no ser sorprendido. ¿Cómo me había descubierto? ¿A caso era de tipo sensorial? -Supongo que no hay motivo para seguir ocultándolo, sin embargo, no he venido a darte captura por tus actos, sino a que me enseñes el poder que utilizas para revivir a los que ya han fallecido.- diría con una sonrisa, adoptando mi forma original y volteandome para verle. Aquel viejo había sacado un arma para matarme, pero tras haber escuchado mis palabras, la guardó entre su oscura vestimenta. -Menos mal... he tardado años para llegar hasta donde he llegado, sería el fin para mí el parar ahora. Accederé a enseñarte, pues veo oscuridad en tu ser a pesar de ser uno de los cinco kages del mundo shinobi.- agregó mientras caminaba hacia una pequeña mesa mientras me invitaba a sentarme. Atendería a su invitación tomando asiento mientras el viejo servia un poco de sake para ambos. -Supongo que ya está enterado, los procesos que utilizo no son nada agradables, se necesita otorgar una vida a cambio de la resucitada... nada es gratis en esta vida, existe una ley de intercambio permanente en este universo. Nadie al parecer puede burlar a la muerte.- diría sonriendo, tomando un sorbo del sake mientras yo imitaba la acción, escuchando atentamente sus palabras. -Pertenezco a una sociedad secreta que por años ha buscado los mas antiguos conocimientos, siendo tu el primer Raikage que me lo pide, no puedo negarme. De igual forma ya estoy viejo, por eso te pediré de favor que me mates y me revivas, prefiero ser un viejo inmortal a desaparecer pronto de este mundo.- agregó, sacando un papiro color negro del interior de su túnica para entregármelo. -Lo haré, pero antes deberás enseñarme tú mismo el procedimiento. Por otro lado, ¿No podrías revivirte a ti mismo con dicho jutsu?- diría tomando el pergamino. -Hmm ya veo... No, no puedes revivirte a ti mismo con este jutsu, alguien más debe hacerlo por ti. Debe ser alguien que conozca los sellos y procedimientos, de lo contrario, no funcionaría, no es una técnica sencilla al fin y al cabo. Vamos, te mostraré algo, unos viejos amigos como yo. expresó colocándose de pie para avanzar hacia la salida mientras yo le seguía los pasos. Una vez fuera del lugar, avanzamos por la anchurosa calle principal de aquel barrio, doblando esquinas y adentrándonos entre callejones. Ambos manteníamos silencio, caminando con túnicas negras cual enviados de la muerte. El día estaba en su apogeo, los obreros de la capital se levantaban para empezar la rutina del día, así como ellos, las madres preparaban el desayuno y los niños iban a sus centros de estudios. A pesar de no soler visitar mucho la capital, era muy común lo que pasaba ante mis ojos, todo se repetía una y otra vez ante mis serpentosos ojos. Entre las estructuras de dos edificios un tanto descuidados, por el aspecto de su pintura decaída y sucia, así como las ventanas en mal estado, nos adentramos hacia un callejón sin salida. Las dudas invadieron mi espíritu en ese momento, pues no sabía si podía confiar del todo en el viejo a pesar de haberme entregado el pergamino, por lo que preparé un jutsu mientras moldeaba mi chakra. -No hace falta, Raikage. Esto no es una emboscada, le mostraré como funciona el jutsu. ¿Eso fue lo que me pidió no?- diría al momento que yo hacía fluir mis energías, revelándome con ello que se trataba de un habilidoso en las artes sensoriales. Tras ello, abandoné por ese instante mi cometido, dándole un voto de confianza. El anciano caminaría hacia una puerta trasera en el edificio a nuestra derecha, abriéndola para invitarme a entrar. Mis ojos atentos observaban mi alrededor, un gran salón vacío con una pared en medio, cuya puerta en el centro indicaba que había algo más del otro lado. El viejo avanzó tras cerrar de un golpe la puerta, haciéndome una seña con la diestra para avanzar hacia el otro lado del salón. Fue entonces cuando vi a tres sujetos, ancianos como aquel que había conocido. Sobre unas sillas, unas jovencitas se encontraban semi desnudas, atadas y con las bocas selladas por alguna clase de fuinjutsu, pues intentaban gritar, más no emergía sonido alguno de sus labios. Y fue cuando vi al viejo degollar a una de ellas, sacandovun pergamino para depositar en él la sangre de la joven. Uno de sus compañeros le ayudaría en el proceso, arrodillando a otra joven mientras aquel conocedor del Edo Tensei me mostraba los sellos a medida que los ejecutaba, culminando con el ritual y trayendo del otro lado a la que había asesinado. Una sonrisa se dibujo en mi semblante. -Que sea mañana cuando la noche caiga y las sombras dominen el mundo. Te esperaré en las cavernas. Estoy agradecido con tu ayuda.- expresé con cierto júbilo en el corazón, abandonando el lugar para caminar hacia la puerta mientras era acompañado. Tras el viejo abrirla, me despediría para salir, ocultando el pergamino entre mi negra túnica, avanzando hacia el despacho. Estando ya en el despacho, ordenaría a los anbu no molestar mientras cerraba el mismo, abriendo el pergamino para iniciar con ello el profundo estudio de dicha técnica llamada Edo Tensei. En el pergamino se encontraban dibujados varios personajes rodeados por un circulo y extraños símbolos similares a los de un sellado avanzado. Mientras leía los procedimientos de la técnica, podía notar que se necesitaban de sacrificios humanos para traer a la vida a un ser ya fallecido. Una sonrisa se dibujaba en mi rostro mientras continuaba estudiando el pergamino, notando que se necesitaba una considerable porción de chakra y un alto manejo del ninjutsu para poder realizar con éxito la técnica; por suerte, mis habilidades en el manejo del ninjutsu eran dignas de un poderoso kage, pues aquel era un atributo al cual le había dedicado buenos tiempos de esfuerzo para aumentar mi poder. La tarde ya había caído y la noche habría sus puertas de par en par, de momento había practicado los sellos de manos, memorizándolos para cuando llegara el momento de utilizar aquella técnica. Guardaría entre mis ropas el pergamino, saliendo del despacho en silencio. Visitaría las solitarias calles de la aldea rumbo al hospital, donde buscaría entre las sombras a un necesitado. Estando dentro de aquella estructura, iría hacia la parte de enfermedades extremas y, para sorpresa mía, observaría a un sujeto salir de una de las habitaciones con el semblante triste, con unas marcas extrañas en el cuerpo, como si la carne se le estuviese pudriendo. Le preguntaría sobre su familia y sobre su enfermedad, misma que según sus propias palabras era incurable según los médicos. Abrí mi boca cual perro hambriento ante un hueso frente a sus narices, ésta era mi oportunidad, así que le ofrecí un trato al cual accedería sin problemas: le daría una muerte rápida a cambio del mantenimiento de su familia. Le dejé en claro que al siguiente día cuando llegase la noche debía ir hacia las conocidas cavernas no muy lejos de la capital. El hombre asintió con la cabeza, mientras yo me aventuraba de nuevo entre las sombras de los alrededores de la aldea, descansando en mis aposentos de las oscuras cavernas para esperar con ansias el día siguiente. Una densa niebla cubre los senderos del río proveniente de la cascada en el madrugado día en el país de kumogakure; y junto a ella, una leve llovizna cae del cielo como miles de flechas indetenibles. Dentro del bosque, bajo un techo de negras rocas provistas de musgos, oscuros también por el tiempo mi cuerpo descansaba. Mis ojos observaban idos, mientras que mi mente pensaba profundamente en lo que a continuación haría. La oscuridad dominaba en el interior de aquella caverna, mientras que el cuerpo relajado yacía sobre su cama de tierra rojiza, lentamente, despacio, fui cerrando los parpados, el sentido de la audición se agudizo en ese instante, no había sonido alguno más que las gotas de agua que encontraban su destino contra el techo de la "casa" y el suelo a la entrada de la caverna, lugar que había elegido como dormitorio. -Oscuridad, todo es oscuridad...-pensaba en silencio queriendo encontrar una respuesta que quizás nadie en el mundo sabía. Moví mis brazos para llevarlos hacia mi abdomen, juntando las manos y entrelazando los dedos. Las piernas se juntaron a la vez que los talones de éstos chocaban entre sí. -Por qué... ¿Por qué la vida sigue luchando contra la muerte?- ee pregunte como si no lo supiera; mientras, sentía que mi cuerpo se sumergía cada vez mas en aquella oscuridad que cerrados mis ojos veían. La llovizna en el exterior ahora se hacía mas fuerte, se podían escuchar claramente las ramas de los árboles alrededor de la entrada a la cueva, sus hojas, cada parte de ellos se movían con el fuerte viento; ese sonido, lluvia, viento, y los árboles se unían en un concierto glorioso, mientras que mi cuerpo parecía estar descansando en un profundo sueño, pero no, no estaba descansando del todo, estaba meditando en lo que había estando pensando aquel atrás. -Llueve... ahora más fuerte...- pensé en mi silencio mortal. Lentamente comenzaría a abrir mis ojos mientras que decenas de pensamientos venían y se marchaban con preguntas sin respuestas hasta el momento. Levante el cuerpo del lugar para avanzar hacia la salida. La mañana había pasado y así también la tarde, nada había comido durante el día y tampoco me importaba, tan solo aguardaba impaciente la llegada de aquellos dos. Ambos llegaron con una diferencia de cinco minutos, el anciano como siempre puntual había llegado de primero. Después de aquello saldría a las afueras, sintiendo como las gotas de agua resbalaban por mi rostro oculto bajo la capucha de mi túnica. Ambos sujetos me siguieron, solo para cumplir sus últimos deseos. Ya había aprendido todo lo que necesitaba aprender sobre la técnica maldita, sobre aquella ceremonia que debía regalar al mismo dios de la muerte. Corrí como diablo conjurado por algún hechicero, adentrándome sin temor al oscuro bosque mientras observaba cómo la lluvia cesaba. Me senté sobre una roca en las proximidades de viejas tumbas olvidadas. Tras unos pocos minutos, ambos llegaron al lugar donde me encontraba. El frío de la noche parecía evocar con sus fúnebres sonidos a la misma muerte, mientras la luz de la luna llena bañaba aquel bosque encantado. Y mi mirada se quedo fija en el cuerpo del anciano que se acercaba, como el ojo hipnótico de la luna observando la tierra. Y sonreí ante su silencio, con la idea de que pudiese mentirse a sí mismo para siempre, tarde o temprano, entendería la pura realidad de existir, de buscar... de amar para siempre. -Tan solo serán unos minutos...- le diría mientras enterraba la punta filosa del arma en su corazón, preparándolo tras su muerte para el ritual. Segundos después, aquel que se había ofrecido como voluntario, todo por una paga considerable, se acercó para arrodillarse. La energía fluyo desde mi cuerpo hacia la tierra y los cuerpos; la muerte allí estaba presente, observando cómo le regalaba un alma a cambio de inmortalizar otra. Opté por tomar parte del cuerpo de aquel anciano para colocarlo sobre un pergamino en el suelo. La energía, como en todas las veces anteriores en las que había realizado algún jutsu nuevo siguió su curso para lograr su tarea mientras mis manos danzaban en varias secuencias de sellos. Desde el suelo los símbolos y las sombras emergieron producto de toda la energía depositada. Alrededor de ambos, unos círculos empezaron a brillar mientras desde los bordes oscuros que le decoraban emergían unos blancos papeles, los cuales empezaban a cubrir el cuerpo de aquel sacrificado desde los pies hacia la cabeza. Escuché los gritos de aquel muerto en vida mientras el alma le era arrebatada por los brazos de la muerte, escuchaba sus ultimas respiraciones antes de que arrebatado le fuese el espíritu; y entonces vi cómo el cuerpo del anciano yacía inmóvil en el suelo, mientras los níveos sellos que cubrían el cuerpo comenzaban a desprenderse, cayendo al suelo. Saque un kunai de la oscura vestimenta, y ate al agujero de su empuñadura un hilo amarrado de un extraño sello rojo, cuyos símbolos inscritos era un secreto solo sabido por mi. Adentré el arma junto al sello en su cabeza y, realizando un ultimo sello de manos, di por terminado aquel ritual antiguo. Le vi un tanto perdido, como si no recordase lo que había pasado. Y entonces recordó, y se alejo de mi presencia varios metros mientras veía su propio cuerpo. -Tu... tu me mataste, lo recuerdo. Conque esto es ser inmortal.- diría mirando sus manos bajo la luz de la luna, sonriendo cual maniaco. -Así es,  te he regalado la inmortalidad como un regalo de mi parte por haberme ayudado. Ahora ve, corre todo lo que quieras y salta desde cualquier parte, jamas morirás ni envejecerás mas de lo que estás. Podrás amar para siempre a quien desees, tu belleza jamas se perderá con el tiempo.- respondería con cierto sarcasmo mientras le daba la espalda y empezaba a alejarme del lugar mientras me quitaba la capucha, abandonándola en aquel bosque impío para siempre. Una sonrisa se dibujo en mi rostro, cuando escuche las gracias de aquel decrépito pero ya inmortal anciano...Salve, oh tú, noche serena, que al mundo velas augusta, y los pesares de un triste con tu oscuridad endulzas. A lo lejos los diablos murmuran, y las rojizas paredes el eco pecaminoso y armonioso susurra. ¡Fiesta Fiesta! vocifera un grupo de diablos, ¡Victoria Victoria! otros vociferan, como lobos aúllan en luna llena, gozosos y felices por el gran botín de carne fresca. Todos se regocijan en tu calma, ¡oh noche!, buscan, y aun las lágrimas tus sueños al desventurado esclavo enjugan. ¡Oh qué música se escucha! ¡Oh qué grata oscuridad y tristura! Las aguas ya fueron corrompidas ¡ hay! ¡hay! ¡hay! ¿Y donde quedo su guardián? ¡muerto ya esta! ¿Y qué hicieron los ángeles? ¡unos cayeron, otros con sus caras largas en el cielo se lamentan!. Una alegría desenfrenada, imparable y desquiciada me envolvía de pies a cabeza. Ese sentimiento me hacía pensar inmediatamente en los muertos, cosa que me hizo desviar mi recorrido hacia un cementerio ya abandonado cerca de las cavernas. A medida que avanzaba cual espectro a la luz de la luna, pensaba en la forma que traería de vuelta a aquella mujer de quemadura en el rostro. Quince minutos de alto recorrido me llevaron hasta el destino, un cementerio provisto de maleza casi en descomposición y tumbas decaídas. Me sentaría sobre una de las lápidas ya olvidadas por el tiempo y los vivos, meditando allí bajo el frío nocturno en la muerte. Una sonrisa se escapaba de mis labios mientras movía los dedos con cierto nerviosismo, sacando el pergamino donde se encontraba el cuerpo de la Tsuchikage. Acariciaría el cuero de aquel rollo, olería su perfume y lo colocaría sobre la lápida iluminada por la luna. -Pronto volverás de entre los muertos, Hana...- diría al pergamino para luego alzar la mirada a la luna. -Serás inmortal, como la luna jamás envejecerás. Pronto enmendaré mi error.- susurré con cierta manía, alterando la mirada con cierto desquicio, tomando de un arrebato el pergamino, colocandolo entre mis piernas. -Supongo que intentarás matarme por lo que hice jm jm jm.- diría esbozando una sonrisa maliciosa mientras observaba los alrededores, donde árboles parecían mirarme entre sus sombras con los ojos de los animales nocturnos.

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